Formar familia en el extranjero

Cuando se vive en el extranjero y se forma familia allí, es muy habitual sentir emociones de añoranza y nostalgia con el país de origen y sus costumbres, algo que se relaciona directamente con nuestras raíces e identidad.



Muchos padres y madres expresan la tristeza que les produce que sus hijos no vayan a vivir las mismas cosas que ellos vivieron cuando tenían su edad y que están muy relacionadas con su identidad. Temen que sus hijos no vivan desde tradiciones extendidas en España como son, por ejemplo, la celebración de los Reyes Magos, hasta gestos, olores o sabores más familiares, íntimos y personales asociados a sus hogares de origen.  


Estos sentimientos de pérdida suponen un desafío en lo relativo a la crianza y educación de los hijos, ya que muchas veces ven como sus tradiciones se difuminan en pos de las costumbres del país donde residen. Con frecuencia manifiestan que no pueden hacer nada por evitarlo. Son recurrentes las expresiones de preocupación al ver como esta nueva cultura se cuela en su hogar a través de las actividades que realizan sus hijos en los colegios u otros espacios en los que se encuentran habitualmente: “Mi hija vive con más ilusión Santa Claus que los Reyes Magos”  “Mi hijo habla español con acento británico”.


Las parejas interculturales viven sus propios conflictos particulares derivados de esta situación. Cuando un miembro de la pareja reside en el país del otro, puedan aparecer tensiones en torno a que se impone a los hijos la cultura de uno de ellos en detrimento de la del otro, lo que hace sentir mal al que dejó su tierra. Resulta muy positivo que quien no ha tenido que trasladarse de país comprenda y respete la necesidad de la otra persona de preservar sus valores y costumbres culturales en la vida diaria.


En las parejas interculturales con hijos que viven en un país distinto a la procedencia de ambos, son tres culturas las que han de aprender los menores: la de cada miembro de la pareja y la del país donde viven. Para los hijos, a veces puede ser complejo asimilar tantos códigos diferentes, aunque la gran plasticidad neuronal y capacidad de adaptación que poseen los niños es un factor positivo que juega a su favor.  Sin embargo, para muchos padres este hecho suele ser una fuente de sufrimiento, generando conflictos internos y con la pareja.


Para lidiar con estas situaciones, resulta clave que ambos puedan preservar las costumbres de ambos países y culturas, independientemente del lugar donde residan. Quizá implica un esfuerzo mayor por parte de los padres, pero a nivel emocional la recompensa suele ser muy gratificante. Vivir en Noruega no implica necesariamente que nuestros hijos no puedan disfrutar de la magia de los Reyes Magos. Sabemos que si nuestros hijos conocen y se desarrollan en diferentes culturas, eso les enriquecerá como personas, aportándoles herramientas útiles para la vida. Ahora bien, eso es compatible con la idea de querer que nuestros hijos aprendan y vivan las tradiciones asociadas a nuestra tierra. Hablar con nuestra pareja para poder concienciarla de esta necesidad puede generar un gran bienestar en el clima familiar.


Las personas necesitamos sentir que se preserva nuestra identidad, nuestra lengua y nuestra manera de entender la vida, y eso incluye también a nuestros hijos. Es muy común que los padres dediquen mucho tiempo en hablar a sus hijos en su lengua materna y enseñarles sus costumbres. Esto cumple una necesidad psicológica importante para nuestro bienestar emocional, haciéndonos sentir en conexión con nuestra historia y nuestras raíces. Existe una memoria colectiva relacionada con nuestra familia y nuestros orígenes que necesitamos preservar para sentir que no muere. La pérdida transgeneracional de una serie de imágenes, sensaciones, olores y sabores relacionadas con quienes somos puede producir una sensación de muerte.


Estos conflictos en los padres emigrantes me traen a la memoria con frecuencia la mítica escena del clásico cinematográfico “Blade Runner”. En ella, el Replicante Roy Batty (Rutger Hauer) expresa con tristeza y desolación que llegará un momento que todo lo que vive en su memoria desaparecerá: “Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”. Hace reflexionar acerca del miedo que tenemos los seres humanos de perder la esencia de nuestra propia identidad. La experiencia personal y profesional me ha enseñado que esforzarse en aprender a saber quiénes somos, a cuidar y preservar nuestra identidad hace que nuestros valores prevalezcan siempre, incluso cuando ya no estemos.  


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